Pasaban los días y cada una permanecía en su cuarto, mirando como se opacaban los días y como sus ventanas se llenaban de gotas llenas de frialdad, llenas de ciudad.
Ninguna prestaba atención al reflejo del vidrio, ambas sólo se concentraban en perseguir con sus pupilas la deslizante gota que invadía todos sus pensamientos. Esa gota dejó de ser trascendental, se fue apoderando de cada parte de sus diminutos cuerpos, se apoderó de cada rastro de vida que alguna de las dos pudiera tener.
Recorrió esos torrentes sanguíneos con mayor eficacia que la heroína, envenenó sus mentes con mayor habilidad que sus ideas de suicidio, se convirtió en mejor compañía que la soledad.
Sus ojos nunca mas volvieron a gritar inquietud, su boca no pronunció mas miedo; esta gota las unificó para darse la mano cuando sus rodillas están muy raspadas, están muy empantanadas.
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